viernes, 12 de agosto de 2016

La Pesada Virtud

En muchas ocasiones que surgen cada cierto tiempo, como si la enfermedad siempre permaneciera latente y yo no pudiera percibir mas que el síntoma que me aqueja, me astia  la sociedad,  las personas,  los libros… ¿la vida?
 “No sé si estoy asqueado sin razón de la sociedad que frecuento, pero bien sé que no sería razonable si me lamentara de que ella estuviera más asqueada de mí, que yo de ella.”( Montaigne)
Las personas poco a poco se aburren y se cansan de ciertas cosas…..de mí, por ejemplo, yo también me aburriría de mí.

 La filosofía es el máximo fruto de una mente inquieta, pues, en cuestiones del espíritu, en las oscuras regiones de la inconciencia y la existencia, tan solo un filósofo puede dar luz y claridad. Ser filósofo es el honor de los menos, esto no se obtiene con un título, un papel o un grado como las ciencias, es verídico afirmar que el filósofo nace, y , los otros, sus maestros, tan solo ayudan a esculpir el alma sigilosa que el universo le ha dotado a dicha criatura.

La filosofía es como un circulo, como un tornado, si te encuentras en la periferia vivirás con muchas tormentas, al final se aprende a vivir con ellas, pero eso no trae felicidad, debes entrar en el ojo del huracán, solo ahí se encuentra la calma, la apacible felicidad de la quietud y del eterno movimiento conjugados en una sola cosa. Cuando se deja de dar vueltas eternamente, te detienes en el círculo, en ese no hacer y te das cuenta de que has buscado la felicidad afuera, de que has buscado a dios afuera. Yo encontré a dios adentro, yo soy dios, dios soy yo. Jesús decía: “yo soy el camino, la verdad y la vida” pero no fue entendido, el solo dijo yo soy, si, el “yo soy” es el camino, la propia individualidad conjugada con el universo infinito.

No se puede estudiar filosofía, solo se puede filosofar, aprender lo que los otros han pensando y tomarlo como verdad absoluta sin haberlo puesto a consideración de nuestra propia razón transforma la filosofía en otro tipo de religión.

El filósofo como tipo de hombre tiene sus características propias, su espíritu, su psique y su soma siempre están en constante vigilia y lucidez, atentos a la vida misma, abiertos a las posibilidades, por lo tanto, no descarta una idea sin antes haberla sometido al método de la razón y la reflexión, por ello, el filósofo, carece de prejuicios, he aquí una característica que le trasmitió al psicoanalista.

Es ante todo, humano, demasiado humano, con la voluntad de poder que le confiere el saber, él no rehúsa de la naturaleza, ni pretende dominarla a su gusto, este es el principio diferencial de un científico y un filósofo, tampoco rechaza la cultura y la civilización, tan solo es crítico ante ella, sus ojos de halcón, corazón de león, alma de titán, elementos de su naturaleza, vive en un mundo, pero no pertenece del todo a él.

Pero la filosofía es una carga pesada y abrupta, es un sendero áspero y solitario, en palabras de Herzet: “la vida me ha enseñado el conocimiento, pero el conocimiento no me ha enseñado a vivir”. Solo un verdadero filósofo sabe cuándo detenerse, se detiene ante el mundo, sabe que llega un momento en que todo su filosofía, en que todo su saber y su ciencia son vanos y vacíos, en los que comprende que el no hacer es el único capaz de hacer todas las cosas, entonces pasa, se detiene ante el mundo, y tan solo observa, mira, admira, se recrea de las maravillas de la creación, tan solo eso, observa, sin juzgar, sin teorizar, sin buscar explicaciones ni argumentos, nada, tan solo observa.

Y es en ese instante en el cual queda perplejo de su propia existencia, de la vanidad y brevedad de su vida, es consciente de sí mismo, o, a decir mejor, es supra consciente, porque la consciencia esta absorbida por el ego, que es siempre viejo y pesado, y hace que las cosas sean siempre viejas y pesadas, por eso es menester ir mas allá, ser supra consciente, ser consciente de la propia consciencia, ser como un niño, asombrado, inocente, absorto ante el mundo. El que tenga oídos para oír que oiga, el que tenga ojos para ver que vea, y llega el segundo momento.

En el segundo momento se llega a su propio corazón, ese debe ser el final de la filosofía, la filosofía es un circulo, no llega a ningún lado, por eso se debe ir hacia dentro, hacia el centro, hacia el corazón, es decir, al reino de los cielos, o a su nirvana o a su iluminación, solo entonces se es feliz de manera permanente, alejado de las vanidades del pensamiento y la mente mundana, se es feliz en ese estado, solo consigo mismo, solo dentro de los límites de lo posible, pero llega entonces un tercer momento, en el cual se vence la barrera del egoísmo insensato, y brota el Ágape, el amor que devora, el amor libre de la mente, el amor sincero.

En el tercer momento se conoce al amor verdadero, porque primero se ha conocido a sí mismo, y se ha aceptado como tal, el filósofo encuentra su fuente, su origen, ahora está preparado para amar a los demás, amarse a uno mismo, primer fundamento del amor al prójimo. El filósofo entonces toma la decisión libre de dudas y prejuicios, de interpretaciones y teorías vanas, y sale nuevamente al mundo irreal, porque esa es la vida actual en la tierra, una irrealidad donde se oculta lo bello a favor de lo supuestamente bueno, el filósofo lo sabe, y lucha contra ello. Llega el cuarto momento.

En este cuarto estadio el filósofo ama y comparte su amor, pero es realista, sabe que sus ojos están acostumbrados a mirar al sol del eterno medio día, pero las personas comunes no, ellas aún están en la caverna, sumidas en la oscuridad, es decir en la ignorancia, y la ignorancia no es la carencia de saber, sino todo lo contrario, nos han querido vender una idea falsa de la ignorancia como carencia, no, la ignorancia es el exceso de saber muerto, el exceso de basura ideológica, la ignorancia es el no saber en medio del saber, se puede ser doctor en ciencias, o en filosofía, o en matemática, y ser un completo ignorante, por que desconoce lo bello, que es siempre lo nuevo, lo desconocido lo asombroso.

El filósofo lo sabe, y siente pesar y tristeza de sus hermanos, y más aún, sabe cuál es su final, la muerte, si, la muerte que le espera en manos de sus propios hermanos que no ven el mundo con la misma mirada serena de él, optan por matarlo, si ¡matémoslo! ¡No dejemos que su fétido influjo penetre en la mente de nuestros jóvenes! ¡Que su vos no se alce en las plazas ni en los auditorios! ¡Callemos lo osado de sus palabras! Pero la muerte también es solo vanidad, un paso más necesario en la evolución del hombre.

Los filósofos somos póstumos a nuestra época actual, somos una raza malinterpretada y despreciada por el vulgo, y temida por los poderosos e ignorantes, pero el ágape persiste, lucha hasta la muerte, hasta la misma muerte no es más que el amor de dios en su máxima expresión de vida.

…“Me dediqué a conocer la sabiduría y la ciencia, la locura y la necedad, y comprendí que esto también es dar caza al viento. Por qué cuanta más sabiduría más pesadumbre; y cuanta más ciencia, más dolor.”
Eclesiastés Cap. 1, v. 17,18.


Salomón, hastiado de tanto conocimiento que había adquirido con el pasar del tiempo  como rey de Jerusalén, cavilaba sobre la vanidad del conocimiento humano, ahora yo me pregunto también, ¿de qué sirve tanta ciencia y tanto racionar, si esto no trae la felicidad? Es posible que la felicidad se encuentre en la ignorancia, o más bien, en la inocencia. Demasiada cordura te lleva a la vana presunción y al sentimiento superfluo de separabilidad para con el mundo, yo sé por convicción propia que la sabiduría es el arte de saber vivir, pero el camino es pedregoso y lleno de innumerables tormentos. Me siento cual si fuera el esclavo platónico que recién sale de la caverna y la luz del día lo ciega y lo lastima, solo hay dos opciones, resistir el malestar y que poco a poco las pupilas se adapten a la luz de la libertad, o retroceder presa del miedo a la oscura seguridad de la ignorancia. El conocimiento  te merma la felicidad al huir del facilismo, te hunde en la angustia de tener que tomar tus propias decisiones y por consiguiente  es más fácil ser feliz con la religión que ser feliz con la filosofía, aunque ambas conduzcan a un mismo lugar. Yo he aceptado a la razón como mi fiel compañera, con la libertad me he desposado, y con la soledad he empezado a formar lazos a costa de lágrimas y dolor, espero ansioso la llegada del crepúsculo de este martirio, el ocaso que sobreviene a las dudas, y luego, el amanecer glorioso de una felicidad relativamente duradera.

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