En muchas ocasiones que surgen cada cierto
tiempo, como si la enfermedad siempre permaneciera latente y yo no pudiera
percibir mas que el síntoma que me aqueja, me astia la sociedad,
las personas, los libros… ¿la
vida?
“No
sé si estoy asqueado sin razón de la sociedad que frecuento, pero bien sé que
no sería razonable si me lamentara de que ella estuviera más asqueada de mí,
que yo de ella.”( Montaigne)
Las personas poco a poco se aburren y se
cansan de ciertas cosas…..de mí, por ejemplo, yo también me aburriría de mí.
La
filosofía es el máximo fruto de una mente inquieta, pues, en cuestiones del
espíritu, en las oscuras regiones de la inconciencia y la existencia, tan solo
un filósofo puede dar luz y claridad. Ser filósofo es el honor de los menos,
esto no se obtiene con un título, un papel o un grado como las ciencias, es
verídico afirmar que el filósofo nace, y , los otros, sus maestros, tan solo
ayudan a esculpir el alma sigilosa que el universo le ha dotado a dicha
criatura.
La filosofía es como un circulo, como un
tornado, si te encuentras en la periferia vivirás con muchas tormentas, al
final se aprende a vivir con ellas, pero eso no trae felicidad, debes entrar en
el ojo del huracán, solo ahí se encuentra la calma, la apacible felicidad de la
quietud y del eterno movimiento conjugados en una sola cosa. Cuando se deja de
dar vueltas eternamente, te detienes en el círculo, en ese no hacer y te das
cuenta de que has buscado la felicidad afuera, de que has buscado a dios
afuera. Yo encontré a dios adentro, yo soy dios, dios soy yo. Jesús decía: “yo
soy el camino, la verdad y la vida” pero no fue entendido, el solo dijo yo soy,
si, el “yo soy” es el camino, la propia individualidad conjugada con el
universo infinito.
No se puede estudiar filosofía, solo se
puede filosofar, aprender lo que los otros han pensando y tomarlo como verdad
absoluta sin haberlo puesto a consideración de nuestra propia razón transforma
la filosofía en otro tipo de religión.
El filósofo como tipo de hombre tiene sus
características propias, su espíritu, su psique y su soma siempre están en
constante vigilia y lucidez, atentos a la vida misma, abiertos a las
posibilidades, por lo tanto, no descarta una idea sin antes haberla sometido al
método de la razón y la reflexión, por ello, el filósofo, carece de prejuicios,
he aquí una característica que le trasmitió al psicoanalista.
Es ante todo, humano, demasiado humano,
con la voluntad de poder que le confiere el saber, él no rehúsa de la
naturaleza, ni pretende dominarla a su gusto, este es el principio diferencial
de un científico y un filósofo, tampoco rechaza la cultura y la civilización,
tan solo es crítico ante ella, sus ojos de halcón, corazón de león, alma de
titán, elementos de su naturaleza, vive en un mundo, pero no pertenece del todo
a él.
Pero la filosofía es una carga pesada y
abrupta, es un sendero áspero y solitario, en palabras de Herzet: “la vida me
ha enseñado el conocimiento, pero el conocimiento no me ha enseñado a vivir”.
Solo un verdadero filósofo sabe cuándo detenerse, se detiene ante el mundo,
sabe que llega un momento en que todo su filosofía, en que todo su saber y su
ciencia son vanos y vacíos, en los que comprende que el no hacer es el único
capaz de hacer todas las cosas, entonces pasa, se detiene ante el mundo, y tan
solo observa, mira, admira, se recrea de las maravillas de la creación, tan
solo eso, observa, sin juzgar, sin teorizar, sin buscar explicaciones ni
argumentos, nada, tan solo observa.
Y es en ese instante en el cual queda
perplejo de su propia existencia, de la vanidad y brevedad de su vida, es
consciente de sí mismo, o, a decir mejor, es supra consciente, porque la
consciencia esta absorbida por el ego, que es siempre viejo y pesado, y hace
que las cosas sean siempre viejas y pesadas, por eso es menester ir mas allá,
ser supra consciente, ser consciente de la propia consciencia, ser como un
niño, asombrado, inocente, absorto ante el mundo. El que tenga oídos para oír
que oiga, el que tenga ojos para ver que vea, y llega el segundo momento.
En el segundo momento se llega a su propio
corazón, ese debe ser el final de la filosofía, la filosofía es un circulo, no
llega a ningún lado, por eso se debe ir hacia dentro, hacia el centro, hacia el
corazón, es decir, al reino de los cielos, o a su nirvana o a su iluminación,
solo entonces se es feliz de manera permanente, alejado de las vanidades del
pensamiento y la mente mundana, se es feliz en ese estado, solo consigo mismo,
solo dentro de los límites de lo posible, pero llega entonces un tercer momento,
en el cual se vence la barrera del egoísmo insensato, y brota el Ágape, el amor
que devora, el amor libre de la mente, el amor sincero.
En el tercer momento se conoce al amor
verdadero, porque primero se ha conocido a sí mismo, y se ha aceptado como tal,
el filósofo encuentra su fuente, su origen, ahora está preparado para amar a
los demás, amarse a uno mismo, primer fundamento del amor al prójimo. El
filósofo entonces toma la decisión libre de dudas y prejuicios, de
interpretaciones y teorías vanas, y sale nuevamente al mundo irreal, porque esa
es la vida actual en la tierra, una irrealidad donde se oculta lo bello a favor
de lo supuestamente bueno, el filósofo lo sabe, y lucha contra ello. Llega el
cuarto momento.
En este cuarto estadio el filósofo ama y
comparte su amor, pero es realista, sabe que sus ojos están acostumbrados a
mirar al sol del eterno medio día, pero las personas comunes no, ellas aún
están en la caverna, sumidas en la oscuridad, es decir en la ignorancia, y la
ignorancia no es la carencia de saber, sino todo lo contrario, nos han querido
vender una idea falsa de la ignorancia como carencia, no, la ignorancia es el
exceso de saber muerto, el exceso de basura ideológica, la ignorancia es el no
saber en medio del saber, se puede ser doctor en ciencias, o en filosofía, o en
matemática, y ser un completo ignorante, por que desconoce lo bello, que es
siempre lo nuevo, lo desconocido lo asombroso.
El filósofo lo sabe, y siente pesar y
tristeza de sus hermanos, y más aún, sabe cuál es su final, la muerte, si, la
muerte que le espera en manos de sus propios hermanos que no ven el mundo con
la misma mirada serena de él, optan por matarlo, si ¡matémoslo! ¡No dejemos que
su fétido influjo penetre en la mente de nuestros jóvenes! ¡Que su vos no se
alce en las plazas ni en los auditorios! ¡Callemos lo osado de sus palabras!
Pero la muerte también es solo vanidad, un paso más necesario en la evolución
del hombre.
Los filósofos somos póstumos a nuestra
época actual, somos una raza malinterpretada y despreciada por el vulgo, y
temida por los poderosos e ignorantes, pero el ágape persiste, lucha hasta la
muerte, hasta la misma muerte no es más que el amor de dios en su máxima
expresión de vida.
…“Me dediqué a conocer la sabiduría y la
ciencia, la locura y la necedad, y comprendí que esto también es dar caza al
viento. Por qué cuanta más sabiduría más pesadumbre; y cuanta más ciencia, más
dolor.”
Eclesiastés Cap. 1, v. 17,18.
Salomón, hastiado de tanto conocimiento
que había adquirido con el pasar del tiempo
como rey de Jerusalén, cavilaba sobre la vanidad del conocimiento
humano, ahora yo me pregunto también, ¿de qué sirve tanta ciencia y tanto
racionar, si esto no trae la felicidad? Es posible que la felicidad se
encuentre en la ignorancia, o más bien, en la inocencia. Demasiada cordura te
lleva a la vana presunción y al sentimiento superfluo de separabilidad para con
el mundo, yo sé por convicción propia que la sabiduría es el arte de saber
vivir, pero el camino es pedregoso y lleno de innumerables tormentos. Me siento
cual si fuera el esclavo platónico que recién sale de la caverna y la luz del
día lo ciega y lo lastima, solo hay dos opciones, resistir el malestar y que
poco a poco las pupilas se adapten a la luz de la libertad, o retroceder presa
del miedo a la oscura seguridad de la ignorancia. El conocimiento te merma la felicidad al huir del facilismo,
te hunde en la angustia de tener que tomar tus propias decisiones y por
consiguiente es más fácil ser feliz con
la religión que ser feliz con la filosofía, aunque ambas conduzcan a un mismo
lugar. Yo he aceptado a la razón como mi fiel compañera, con la libertad me he
desposado, y con la soledad he empezado a formar lazos a costa de lágrimas y
dolor, espero ansioso la llegada del crepúsculo de este martirio, el ocaso que
sobreviene a las dudas, y luego, el amanecer glorioso de una felicidad
relativamente duradera.
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