martes, 16 de agosto de 2016

Libertad

Buda decía en alguna de sus cuatro verdades, que el apego es el origen del sufrimiento, y eso es cierto, digo, nos aferramos a elementos finitos, a personas pasajeras, a eventos materiales cuya duración está determinada por el tiempo. Tampoco puedo caer en un estoicismo egoísta, pero sé que debo tomar consciencia de lo efímero de la existencia humana, de que tan solo el alma es trascendental en la vida, un alma que no veo, pero que siento.

Los cristianos actuales, bueno, ellos dicen ser seguidores de Jesucristo, pero a mi ver no lo son, si de verdad siguieran a su maestro serian personas llenas de bondad, así como vivió el maestro, Jesús decía  “a cada día le basta con su propio afán” , pero los veo pasar preocupados con sus deudas, con sus relaciones, con su futuro, incierto por lo demás, ocupados de un juicio futuro que los aleja del presente, y lo que es aún más deplorable, tergiversando a todas voces las enseñanzas de un sabio y valiéndose de su nombre para discriminar e intolerar las creencias de los demás… “buscad el reino de los cielo….Maestro, ¿Dónde está el reino de los cielos?, Jesús respondió: El reino de los cielos está en el corazón del hombre…”

Los pedantes, los violentos, los necios, todos tienen algo en común: su ignorancia ciega y dogmática, Venezuela es el vivo ejemplo de lo que hablo, por un lago, la idolatría a Chaves, por otro, la revuelta violenta por el pésimo orden social en la actualidad, pero no basta la violencia ni las manifestaciones, ni los gases, ni los golpes para crear un cambio social, es necesaria la cordura, la razón, la “revolución silenciosa”, no se puede combatir el odio con odio, eso tan solo generara dolor, muerte y más rencor en los corazones. Es triste la guerra, pienso que es horrible aunque nunca he presenciado por mí mismo una guerra, pero es más pesaroso ver una guerra interna, matarse entre hermanos por defender un ideal, es la más absurda de las acciones humanas.


¿Qué es el bien? ¿qué es el mal? Acaso las obsoletas palabras escritas hace siglos por la manos de alguien de dudosa procedencia, o más bien será las palabras del cura corrupto que vive del dinero del pueblo en palacios suntuosos mientras los verdaderos pobres mueren de hambre y de frio cada día…¿Qué es el bien?¿qué es el mal? Acaso es lo que publican los diarios cada día y juzgan sin cesar apoyando o refutando según la conveniencia política del momento ¿Qué es el bien, que es el mal? Sera acaso los cientos de sutras y salmos que cantan orgullosos en las plazas, mientras detrás del telón esconden la codicia y el orgullo.

viernes, 12 de agosto de 2016

Moises y La Ley

No es necesario escribir más sobre lo que es, o que dice ser, la ley mosaica o la Torá, ya mucho se ha escrito al respecto, sin embargo, hace falta, como todo en la realidad circundante, ves más allá de lo aparente si se pretender llegar a un conocimiento más profundo de la realidad, es lamentable como en centros educativos “superiores” se patrocina la repetición constante de contenidos vacíos e inertes sin detenerse un momento en su interpretación, en su cuestionamiento.
La ley mosaica, que recibe su nombre de su presunto autor, Moisés o Moshé (En hebreo), es llamada igualmente Torá, o libro de las leyes, y hace referencia a la tradición escrita del pueblo de Israel que menciona su historia, tradición y normas para con dios y la sociedad. Ahora, el pueblo judío en consenso cree que la procedencia de la Torá es de origen divino, Moisés copia al pie de la letra lo que Dios le dice en el monte Sinaí siete semanas después de la salida de Egipto, esta es la explicación teológica y mística que el pueblo judío hace de la procedencia de la Torá, sin embargo, el análisis científico y la exegesis posterior de los textos ha llevado a los hermeneutas modernos a considerar su escritura aproximadamente en el siglo VII a.c, y no en la época en la que se presume que vivió Moisés ( Aprox. Siglo XVII a.c), el análisis del léxico, la estructura y la gramática en general, consolida su origen como una recopilación de la tradición oral y escrita del pueblo de Israel llevada a cabo por lo menos, por cuatro autores diferentes.
La Torá se divide en cinco libros, también llamados por la iglesia cristiana el Pentateuco, que corresponden al Génesis, libro que narra el origen divino del pueblo de Israel y su posterior genealogía; el libro del Éxodo, o libro del tránsito del Moisés con el pueblo en el desierto después de la salida de Egipto; el libro de Levítico, que narra las leyes, rituales y normas de loa sacerdotes del pueblo (consagrados en la tribu de Leví); y por último, los libros de Deuteronomio y Números, que corresponden a las leyes civiles del pueblo, aunque estas están basadas bajo la autoridad divina representada en Moisés.
Ahora, al analizar lo que nos concierne propiamente a la materia, las leyes en sí, debemos situarnos en el contexto histórico en el cual son dictadas las presuntas leyes divinas. El pueblo de Israel es sometido durante un par de siglos al dominio de los egipcios, razón por la cual es lógico concluir que a esta altura, la cultura hebrea estaba influenciada por la religión, la mística y la cultura del pueblo en el cual estaban acogidos, inclusive muchos de los rituales actuales de los rabinos judíos poseen bases antropológicas en religiones primitivas de Egipto y de los caldeos. Luego llego el nacimiento de Moshé, este, cual Bolívar, busca la liberación de su pueblo, la emancipación ante las garras tiránicas del faraón, cosa que consigue, según se cuenta, o más bien, según lo “cuenta el mismo Moisés”, fue posible a través de las siete plagas que cayeron sobre Egipto.
El pueblo sale de Egipto bajo circunstancia muy peculiares, eran un pueblo sin tierra, que provenían de la esclavitud y se dirigían hacia un futuro incierto, hacia una tierra prometida la cual parecía aun ser muy lejana, dirigidos por un pastor al cual seguir por haber recibido según él, la misión de su Dios, un dios sin nombre, sin forma, (todo lo contrario a los dioses egipcios). Es normal, en un pueblo expuesto bajo estas circunstancia, y bajo el número considerable de personas (por lo menos unas 4000 según datos históricos), que necesitan comer, beber y descansar, que hallan motines, deseos de rebelarse, de huir, de regresar, de desafiar la autoridad del líder que los saco de una tierra de esclavos, para exponerlos a morir en el desierto.
Este era el panorama que enfrentaba Moisés con su pueblo a la salida de Egipto, Yahvé hablo al pueblo, a Moisés más específicamente ( Moisés como mediador entre el pueblo y Dios), y dicto las primeras normas del pueblo, primeras, si, que corresponden a los diez mandamientos, sabemos posteriormente que en ocasiones, principalmente en tiempos de conflicto interno, Moisés subía al monte, o se apartaba al desierto, y al regresar le decía al pueblo que había tenido una revelación de dios, que mandaba otras leyes etc., etc., esta escena se repite a lo largo del pentateuco.
Los diez mandamientos:
Dice, amaras a dios sobre todas las cosas, es decir, sobre sus intereses personales, más allá de lo que se desee o se crea.
No tomaras el nombre de dios en vano, es decir, si juras o prometes algo en nombre de dios, debes cumplirlo.
Santificaras las fiestas, a saber, todos tus actos, pensamientos, acciones deben ser “bendecidas” y por lo tanto “autorizadas” por dios.
Honraras a tu padre y a tu madre, he aquí un punto particular, en la época en la cual se desarrolla esto, supongamos que creamos en el origen divino, alrededor del siglo XVII a.c, el padre o madre no era individual, sino más bien se refería a la colectividad, a saber, el patriarca, o jefe de la tribu, etc., es pues Moisés, siendo el patriarca de su pueblo, al cual se debe “honrar” (esto lo manda su dios en la revelación)
No mataras, el único que tiene derecho a matar (y darte derecho de matar) es dios, cuyo represéntate es Moisés.
No cometerás actos impuros, y…. ¿cuáles son los actos impuros? Los que dicta Dios con su represéntate terrenal, Moisés.
No robaras, es decir, se respetara la propiedad privada, sin embargo la propiedad privada es desecha si no cumple con los dos primeros mandamientos.
No dirás falso testimonio ni dirás mentiras, es decir, deberás comentarle al patriarca todos tus planes y deseos.
No desearas la mujer del prójimo, ni sus bienes etc., al igual que el séptimo, respeta la propiedad privada, resaltado, la mujer es un objeto de propiedad.
No consentirás pensamientos ni deseos oscuros, es decir, no podrás pensar, ni pretender nada ajeno a lo que manda el patriarca o la ley que representa.
Vemos como cada mandamiento busca la coacción del pueblo a favor de la unidad social, es básicamente un estado conformado por una autoridad suprema en incuestionable, Dios, que delega el poder terrenal en un hombre elegido, Moisés, para gobernar a su pueblo, Israel, la mayoría de los mandamientos son prohibitivos, buscan evitar que la masa realiza actos que puedan afectar el poderío y el orden establecido dentro de la tribu. Además, es menester aclarar que la desobediencia de estos mandamientos lleva inherentes los castigos y las penas, aunque en esta altura de las leyes, no había castigos dictados (aun no), si no obedecías la ley, eras un impuro, y por lo tanto, se te condenaba al destierro, o la muerte, en el peor de los casos.
A partir de este momentos, podemos determinar que hay, aparentemente una sola ley, la de Dios, pero que en fondo lo que establecen son leyes civiles, leyes que permitan a cierta jerarquía dominar sobre un numero de gobernados que se someten a esta a esta ley. A decir verdad, psicológicamente la ley mosaica no tiene nada de divina ni rebelada, no es más una suma de intereses individuales disfrazadas bajo el dogmático nombre de un dios que otorga un libre albedrio falso e hipócrita, en el cual o lo sigues o te sometes al castigo.


La Pesada Virtud

En muchas ocasiones que surgen cada cierto tiempo, como si la enfermedad siempre permaneciera latente y yo no pudiera percibir mas que el síntoma que me aqueja, me astia  la sociedad,  las personas,  los libros… ¿la vida?
 “No sé si estoy asqueado sin razón de la sociedad que frecuento, pero bien sé que no sería razonable si me lamentara de que ella estuviera más asqueada de mí, que yo de ella.”( Montaigne)
Las personas poco a poco se aburren y se cansan de ciertas cosas…..de mí, por ejemplo, yo también me aburriría de mí.

 La filosofía es el máximo fruto de una mente inquieta, pues, en cuestiones del espíritu, en las oscuras regiones de la inconciencia y la existencia, tan solo un filósofo puede dar luz y claridad. Ser filósofo es el honor de los menos, esto no se obtiene con un título, un papel o un grado como las ciencias, es verídico afirmar que el filósofo nace, y , los otros, sus maestros, tan solo ayudan a esculpir el alma sigilosa que el universo le ha dotado a dicha criatura.

La filosofía es como un circulo, como un tornado, si te encuentras en la periferia vivirás con muchas tormentas, al final se aprende a vivir con ellas, pero eso no trae felicidad, debes entrar en el ojo del huracán, solo ahí se encuentra la calma, la apacible felicidad de la quietud y del eterno movimiento conjugados en una sola cosa. Cuando se deja de dar vueltas eternamente, te detienes en el círculo, en ese no hacer y te das cuenta de que has buscado la felicidad afuera, de que has buscado a dios afuera. Yo encontré a dios adentro, yo soy dios, dios soy yo. Jesús decía: “yo soy el camino, la verdad y la vida” pero no fue entendido, el solo dijo yo soy, si, el “yo soy” es el camino, la propia individualidad conjugada con el universo infinito.

No se puede estudiar filosofía, solo se puede filosofar, aprender lo que los otros han pensando y tomarlo como verdad absoluta sin haberlo puesto a consideración de nuestra propia razón transforma la filosofía en otro tipo de religión.

El filósofo como tipo de hombre tiene sus características propias, su espíritu, su psique y su soma siempre están en constante vigilia y lucidez, atentos a la vida misma, abiertos a las posibilidades, por lo tanto, no descarta una idea sin antes haberla sometido al método de la razón y la reflexión, por ello, el filósofo, carece de prejuicios, he aquí una característica que le trasmitió al psicoanalista.

Es ante todo, humano, demasiado humano, con la voluntad de poder que le confiere el saber, él no rehúsa de la naturaleza, ni pretende dominarla a su gusto, este es el principio diferencial de un científico y un filósofo, tampoco rechaza la cultura y la civilización, tan solo es crítico ante ella, sus ojos de halcón, corazón de león, alma de titán, elementos de su naturaleza, vive en un mundo, pero no pertenece del todo a él.

Pero la filosofía es una carga pesada y abrupta, es un sendero áspero y solitario, en palabras de Herzet: “la vida me ha enseñado el conocimiento, pero el conocimiento no me ha enseñado a vivir”. Solo un verdadero filósofo sabe cuándo detenerse, se detiene ante el mundo, sabe que llega un momento en que todo su filosofía, en que todo su saber y su ciencia son vanos y vacíos, en los que comprende que el no hacer es el único capaz de hacer todas las cosas, entonces pasa, se detiene ante el mundo, y tan solo observa, mira, admira, se recrea de las maravillas de la creación, tan solo eso, observa, sin juzgar, sin teorizar, sin buscar explicaciones ni argumentos, nada, tan solo observa.

Y es en ese instante en el cual queda perplejo de su propia existencia, de la vanidad y brevedad de su vida, es consciente de sí mismo, o, a decir mejor, es supra consciente, porque la consciencia esta absorbida por el ego, que es siempre viejo y pesado, y hace que las cosas sean siempre viejas y pesadas, por eso es menester ir mas allá, ser supra consciente, ser consciente de la propia consciencia, ser como un niño, asombrado, inocente, absorto ante el mundo. El que tenga oídos para oír que oiga, el que tenga ojos para ver que vea, y llega el segundo momento.

En el segundo momento se llega a su propio corazón, ese debe ser el final de la filosofía, la filosofía es un circulo, no llega a ningún lado, por eso se debe ir hacia dentro, hacia el centro, hacia el corazón, es decir, al reino de los cielos, o a su nirvana o a su iluminación, solo entonces se es feliz de manera permanente, alejado de las vanidades del pensamiento y la mente mundana, se es feliz en ese estado, solo consigo mismo, solo dentro de los límites de lo posible, pero llega entonces un tercer momento, en el cual se vence la barrera del egoísmo insensato, y brota el Ágape, el amor que devora, el amor libre de la mente, el amor sincero.

En el tercer momento se conoce al amor verdadero, porque primero se ha conocido a sí mismo, y se ha aceptado como tal, el filósofo encuentra su fuente, su origen, ahora está preparado para amar a los demás, amarse a uno mismo, primer fundamento del amor al prójimo. El filósofo entonces toma la decisión libre de dudas y prejuicios, de interpretaciones y teorías vanas, y sale nuevamente al mundo irreal, porque esa es la vida actual en la tierra, una irrealidad donde se oculta lo bello a favor de lo supuestamente bueno, el filósofo lo sabe, y lucha contra ello. Llega el cuarto momento.

En este cuarto estadio el filósofo ama y comparte su amor, pero es realista, sabe que sus ojos están acostumbrados a mirar al sol del eterno medio día, pero las personas comunes no, ellas aún están en la caverna, sumidas en la oscuridad, es decir en la ignorancia, y la ignorancia no es la carencia de saber, sino todo lo contrario, nos han querido vender una idea falsa de la ignorancia como carencia, no, la ignorancia es el exceso de saber muerto, el exceso de basura ideológica, la ignorancia es el no saber en medio del saber, se puede ser doctor en ciencias, o en filosofía, o en matemática, y ser un completo ignorante, por que desconoce lo bello, que es siempre lo nuevo, lo desconocido lo asombroso.

El filósofo lo sabe, y siente pesar y tristeza de sus hermanos, y más aún, sabe cuál es su final, la muerte, si, la muerte que le espera en manos de sus propios hermanos que no ven el mundo con la misma mirada serena de él, optan por matarlo, si ¡matémoslo! ¡No dejemos que su fétido influjo penetre en la mente de nuestros jóvenes! ¡Que su vos no se alce en las plazas ni en los auditorios! ¡Callemos lo osado de sus palabras! Pero la muerte también es solo vanidad, un paso más necesario en la evolución del hombre.

Los filósofos somos póstumos a nuestra época actual, somos una raza malinterpretada y despreciada por el vulgo, y temida por los poderosos e ignorantes, pero el ágape persiste, lucha hasta la muerte, hasta la misma muerte no es más que el amor de dios en su máxima expresión de vida.

…“Me dediqué a conocer la sabiduría y la ciencia, la locura y la necedad, y comprendí que esto también es dar caza al viento. Por qué cuanta más sabiduría más pesadumbre; y cuanta más ciencia, más dolor.”
Eclesiastés Cap. 1, v. 17,18.


Salomón, hastiado de tanto conocimiento que había adquirido con el pasar del tiempo  como rey de Jerusalén, cavilaba sobre la vanidad del conocimiento humano, ahora yo me pregunto también, ¿de qué sirve tanta ciencia y tanto racionar, si esto no trae la felicidad? Es posible que la felicidad se encuentre en la ignorancia, o más bien, en la inocencia. Demasiada cordura te lleva a la vana presunción y al sentimiento superfluo de separabilidad para con el mundo, yo sé por convicción propia que la sabiduría es el arte de saber vivir, pero el camino es pedregoso y lleno de innumerables tormentos. Me siento cual si fuera el esclavo platónico que recién sale de la caverna y la luz del día lo ciega y lo lastima, solo hay dos opciones, resistir el malestar y que poco a poco las pupilas se adapten a la luz de la libertad, o retroceder presa del miedo a la oscura seguridad de la ignorancia. El conocimiento  te merma la felicidad al huir del facilismo, te hunde en la angustia de tener que tomar tus propias decisiones y por consiguiente  es más fácil ser feliz con la religión que ser feliz con la filosofía, aunque ambas conduzcan a un mismo lugar. Yo he aceptado a la razón como mi fiel compañera, con la libertad me he desposado, y con la soledad he empezado a formar lazos a costa de lágrimas y dolor, espero ansioso la llegada del crepúsculo de este martirio, el ocaso que sobreviene a las dudas, y luego, el amanecer glorioso de una felicidad relativamente duradera.